Animaciones y microrrelatos del curso 2024-25 (III)

Presentamos la tercera y última entrada de la serie Animaciones y microrrelatos del curso 2024-25, fruto de la colaboración entre los estudiantes de la asignatura Lengua Española IV del grado en Traducción, Interpretación y Lenguas Aplicadas (UVic-UCC y UOC).y estudiantes de la asignatura Educación Visual y Plástica del grado de Maestro de Educación Primaria (UVic-UCC).

Los microrrelatos que publicamos a continuación se inspiran en las dos animaciones que siguen o en el conjunto de todas ellas, incluyendo las que se pueden ver en las dos entradas previas de la serie.

Aliaksandra Kalinina

¿De qué se alimenta hoy?

Igual que antes, elige un gran peso: algo sólido, familiar, que parece necesario. Al principio, no se nota. Solo una incomodidad leve, pero persistente, que no da tregua. Con cada transformación, pierde algo que antes parecía esencial: una forma, un color, una textura. Intenta mantenerlo todo unido, pero lo esencial ya no está presente, colapsa. Nada sorprendente, se lo ha buscado.

El ruido cesa y, justo cuando parece que no queda nada, ahí está. Aparece no porque haya mejorado, sino porque ha dejado de cargar. Se reconoce entre lo que queda. Había estado enterrado bajo capas y capas de cargas impuestas por sí misma, muchas de ellas necesarias en su momento, pero ya sin propósito. Ahora pesan menos. O quizá ya no pesan en absoluto.

Ya no busca respuestas; solo sabe que aquí mismo puede comenzar de nuevo. ¿De qué se alimenta ahora?

Jaume Font Cirer

Todo el mundo es un escenario.

Me decía mi profesor de arte dramático, cuando los ensayos salían nefastos, que, a partir de aquí, solo se podía mejorar.

¿Por qué iba a ser ahora diferente?

He conseguido enterrar los cuerpos, he limpiado la sangre del piso, he quemado la ropa en el incendio que se desató a las afueras de la ciudad y los huesos se los di a los cerdos. Nadie puede relacionar las desapariciones conmigo, ¿o sí?

—No tienes tiempo para dedicárselo a estas tonterías —dice la voz.

Y, al fin y al cabo, tiene razón.

Estoy un largo rato en la ducha, me visto y salgo de casa con el tiempo justo. Entro por la puerta trasera, hablo con el personal de maquillaje y vestuario del día: del fuego, del tiempo. Al sonar el timbre, nos preparamos para el inicio de la función.

Miro al suelo y susurro, como hago siempre. Entran las brujas, los demás personajes. Repito mi primera frase, porque sé que luego me iré acordando de las demás. Empiezo a andar, acompañado del actor que hace de Banquo.

—Un día tan bonito y tan feo como este no lo había visto nunca —digo, por enésima vez, al interpretar a Macbeth.

Andrés Muñoz Verdú

Mi celda es un castillo

Jamás me había sentido tan a gusto estando atrapado… hasta que comprendí que las cadenas más pesadas son las que no se ven, y que no hay cerradura más firme que la que forja uno mismo.

Mi ventana es un teatro: campesinos sudando por un plato de lentejas, mientras yo como faisanes que ni siquiera he visto volar. No entiendo por qué siempre se reúne tanta gente, si apenas tienen comida para compartir.

Me encanta disfrutar del silencio, cuando puedo. ¡Malditos campesinos! ¿Cómo se atreven a reírse de noche, si de día apenas comen?

A veces siento frío. Noto que estos muros de oro puro no retienen bien el calor. ¿Será que el calor verdadero solo nace cuando se comparte el fuego?

Mi ventana no para de ofrecerme paisajes, siempre cambiantes, pero lejanos. Paisajes ajenos que no me pertenecen. Aun teniéndolo todo, siempre siento que me falta algo.

¿Qué será lo que me falta?

Mañana volveré a mirar por la ventana, a ver si encuentro la respuesta.

Ambar Triviño Rizo

Era una noche como cualquier otra en la prisión Estatal Fox River. Daniel y Mario, dos presos condenados a pasar allí el resto de sus vidas, no sabían que aquella noche sería la última que pasarían confinados. Ambos llevaban soñando con su libertad desde hacía mucho tiempo, tanto que aquel pensamiento era lo único que los impulsaba en su día a día. El 5 de abril de 1970 dejaron atrás sus respectivas celdas para llevar a cabo el plan de escape. Pese a que no eran especialmente cercanos, sí compartían una historia parecida, habían sido encarcelados injustamente. Aunque, en aquel momento, nada importaba, dejarían aquel infierno a cualquier precio. Un enfrentamiento ficticio, eso los llevaría a la enfermería, donde, improvisadamente, cogerían cualquier objeto lo suficientemente útil para darse a la fuga. Así hicieron, encontraron una especie de manguera metálica y la ataron a los barrotes de la ventana. Entre los dos estiraron con fuerza la manguera, hasta que consiguieron derribar las barras. Finalmente, y contra todo pronóstico, treparon por la pared apoyándose en un mueble de la enfermería y se dirigieron hacia su tan ansiada libertad.

Cristina Montes Valdivia

Entre barrotes y arena

Miraba fijamente la luz que se colaba entre los barrotes, hasta que lo cegaba. Le recordaba aquellos días en la playa, cuando se sentaba a leer bajo la sombra de un árbol, mientras la luz de la tarde atravesaba la reja de la ventana de su memoria. A esa hora solía llegar doña Pepita, siempre dispuesta a cotillear sobre cualquier novedad del pueblo. Él sabía que lo que en realidad buscaba eran sus ojos. Cada vez que sus miradas se cruzaban, un leve rubor color durazno asomaba en sus mejillas. Él no sentía lo mismo, pero saberse deseado era adictivo.

—Señor López —interrumpió una voz—, el doctor Beneplácito ha prescrito 3 ml de diclofenaco. Se lo voy a administrar.

La voz se disipó mientras sentía el frío de la medicación en sus venas. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Al marcharse la enfermera, se levantó. En su mente, caminaba sobre arena tibia; en realidad, cruzaba el pasillo con paso firme, sin levantar sospechas.
Cuando llegó a la puerta, chocaron dos mundos. Murmuró:

—Me esperan.

—Esperaban a otro —respondieron.

Y, entonces, las compuertas se abrieron. Estaba fuera. Pero no se encontró. Aquel mundo que lo salvó en la celda ya no existía.

Roberta Bonora

De todos lados un poco

Salió sin saber por qué. No es que necesitara encontrarse, ella simplemente se iba. Que el camino fuera correcto o no, lo recorrió igual. No era una crisis existencial; necesitaba tomar decisiones, así que decidió no quedarse.

Los primeros pasos siempre son excitantes. Se encontró con un cruce, así que tomó el desvío. No había señales, ni las promesas que suelen llevar puestas. Eligió, porque le han enseñado que es necesario llegar a algún sitio. Pero no. La verdad es que nunca importa el destino. Parecería que se ha tragado una libreta de Mr. Wonderful y que ha acabado explotándole en el abdomen. Pero no. Está reapropiándose de palabras como viaje y destino para ver si dejan de sonar pedantes. Lo que importa es lo que se deja de ser cuando una decide caminar, el hueco que se crea para que aparezcan otras partes de ti. Ser bilingüe es un poco eso, y cada palabra lleva por un camino diferente. Partes de ti aparecen y desaparecen, nunca se sabe si se está más cerca o más lejos de una misma. El idioma que habita define lo que eres, pero también lo que dejas de ser. Como una bipolaridad latente, una transformación constante.

Poco después, el puente. Al cruzarlo, se quedó flotando, suspendida en la idea de algo, una flecha entre el arco y la diana. Quizá el viaje no sea más que una excusa para no parar, para esquivar la quietud, las emociones lentas de este mundo veloz. Quedarse quieta dentro de una misma también da vértigo. Por eso resulta más fácil planear una fuga de Alcatraz que aceptar que ese es tu lugar.

Al final no llegó a ningún sitio, lo sabe. Y, sin embargo, llegó. Es curioso cómo el no llegar se siente como un logro. Pero mejor eso que algo peor. Mejor todas esas infinitas posibilidades a partir de ahora.

Beatriz Sandoval Hernández

Una joven atleta negra llamada Ayana entrenaba muy duro todos los días subiendo y bajando las cuestas de San Francisco. Tenía un sueño: representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín. Pero no todo era eso. Ayana tenía que luchar contra el racismo y la discriminación que sufría por el color de su piel. En los años 30, la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color había expresado su preocupación sobre la participación de atletas negros en las Olimpiadas.

Contra todo pronóstico, Ayana consiguió su primera medalla de oro siendo muy joven. En ese momento recordó una frase que le decía su abuela: “No es tanto como has acabado aquí, sino lo que podrías ser a partir de ahora”. Esto le sirvió de inspiración para su lucha contra la discriminación racial y para inspirar a muchas niñas de color a conseguir lo que quieren sin que el color de su piel sea un impedimento.

M. José Molina González

Anorexia

La persona que llamó por teléfono ya sabía cuál iba a ser su respuesta. Otro fin de semana en su habitación, evadiendo la vida que le había tocado vivir. Eva no era feliz, ni siquiera pretendía serlo. Sin embargo, un día todo cambió, fue el día en que conoció a Román. Aquella tarde, al volver del instituto, se dio cuenta de su nueva realidad.

Ya no hacía falta esconderse, ya no tendría que inventar excusas que nadie creería, ya se había cansado de llevar ese traje que se puso el día que le detectaron la enfermedad. Ahora todo era diferente, tenía un compañero con quien compartir sus miedos, alegrías y aventuras.

No solo había cambiado su forma de entender la vida, también su aspecto físico, con esos kilos que había cogido y que le sentaban tan bien. Esos kilos que le hicieron darse cuenta de que las personas se miden por sus valores humanos, no por los valores que marca una báscula.

Conan Sánchez Zapata

Morgan

Cuando nació, todos pensaban que era una niña, pues eso fue lo que el médico les dijo a sus padres.

Cuando cumplió los doce años, se dio cuenta de que no era como las otras niñas. A ellas no les daba vergüenza ver a otras niñas desnudas. Sus compañeras decían que eso era “lesbianismo” y que era una enfermedad, pero que no se preocupara, que se le pasaría y volvería a ser una niña sana.

Cuando llegó a la adolescencia, se planteó que quizás nunca sería una niña sana debido a que nunca fue una niña, sino un niño. Sus padres decían que era una etapa y que solo estaba confundida. Que se le pasaría en unos años.

No se equivocaban. No del todo.

No era como las otras chicas, pero tampoco era como los otros chicos. Entonces, ¿qué era? ¿Quién era realmente?

Tenía dieciocho años cuando descubrió la respuesta a sus eternas preguntas: era una persona no binaria cuyo corazón no daba importancia al género para enamorarse.

Nunca sería una niña sana, sino que, desde que entendió lo que le ocurría, comenzó a ser una persona sana y, además, feliz.

Yolanda Camañes Mulas

He optado por utilizar el concepto de la totalidad de las cuatro animaciones, teniendo en cuenta las dos frases presentadas: «a partir de aquí solo se puede mejorar» y «no es tanto cómo has llegado hasta aquí sino lo que podrías hacer o ser a partir de ahora». Espero que os guste, ya que está basada en una historia real:

Si él pudo…

Carles, que desde que nació, tuvo que sufrir los maltratos de una madre mentalmente inestable. Desde gritarle por sus llantos, desde obligarlo a comer su propio vómito, desde echarlo de su habitación para convertirla en una casa para patos, desde pegarle por ver la tele… Un niño que tuvo que callar y aceptar, para que, la persona más importante para él, no lo atormentara más.

Por fortuna, a sus 12 años, aquello acabó. Esa mujer, incapaz de amar a su hijo, decidió abandonarlo.

Ese niño, ya adolescente, pasó, de vivir con miedo, a vivir sus días de forma relajada, solo con su padre, escuchando discos de Bob Marley. Junto a su guitarra, que le ayudó a canalizar y a expresar todo ese dolor vivido durante tantos años.

Actualmente, a sus 33 años, es feliz, alejado de todo dolor. Con una mujer e hijo, que lo quieren con locura, y con un padre, maltratado por su exmujer y superviviente de la hepatitis C. Ese padre, que sigue pidiéndole perdón por no haberlo protegido, y lo anima y lo apoya en sus decisiones, como dejar su hogar e irse a otro país a cumplir su sueño de ser músico.

Carles, luchador por naturaleza y con gran espíritu de superación, es capaz de ver la vida con infinidad de colores y texturas. Muchos más de los que podría ver yo.

Samuele Arba

El jardín interior

La noche se disuelve lentamente y en la habitación el tiempo parece suspenderse. Ella permanece quieta, con la mano sobre su ombligo, los ojos cerrados. El aire, denso y suave, rodea el contorno de su cuerpo, como si la vida misma se guardara en esa quietud. Su vientre, redondo como un globo aerostático, parece flotar suspendido en un espacio que no es del todo físico, un espacio donde todo está por venir.

Yo apoyo la oreja para escuchar allí dentro, en lo invisible, y entender como ocurre un pequeño milagro. Y, de repente, siento un movimiento fugaz, como una caricia secreta, una promesa que se forja en silencio. En su vientre, la vida se teje con hilos invisibles, dando forma a algo nuevo que ya es, sin duda, parte de nosotros dos. El amor, el temor, la esperanza, se mezclan en un solo pulso que atraviesa los muros de su cuerpo, como una sombra ligera. Todo se alinea, se prepara. Algo se está forjando, algo que no puede tocarse, pero que se siente tan real como el latido de ese menudo corazón.

About Marcos Cánovas

Profesor titular. Departamento de Traducción, Interpretación y Lenguas Aplicadas, Universidad de Vic – Universidad Central de Cataluña
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