Microrrelatos curso 2021/2022

Este semestre, en el Grado en Traducción, Interpretación y Lenguas Aplicadas, una de las tareas propuestas en la asignatura Lengua A IV (Español) ha sido la creación de un microrrelato a partir de una serie de títulos sugeridos por las profesoras. Dicha tarea forma parte de la segunda prueba de la evaluación continua, dedicada a los textos humanísticos y literarios, que se centra en el estudio de los géneros vinculados a esta tipología textual, el uso artístico de la lengua y el estilo.

El alumnado ha demostrado una gran creatividad y a continuación publicamos una pequeña muestra de los textos recibidos. ¡Pasen y lean!

Desesperación de escarabajo

Autora: Isabel Blasco Perales

Escarabajo (Copris lunaris).

El taxidermista tenía un pin, un pin que en su día fue un escarabajo irisado, ahora disecado. Todas las mañanas, lo recogía de su mesita de noche y lo acomodaba sobre la solapa de su chaqueta antes de irse a trabajar. Lo que él no sabía era que el alma del escarabajo todavía estaba allí, que sus patitas todavía sentían y que sus ojos todavía veían. Aun atravesado por un alfiler, el escarabajo observaba cómo cada mañana el taxidermista se vestía con una chaqueta marrón aparentemente idéntica a la del día anterior, sin poder decir nada, sin poder mover sus patas o desplegar sus alas para poder irse a un lugar mejor. Los días se sucedían uno tras otro creando un angustioso bucle de monotonía. Pero, si le concedieran un único deseo, si tan solo pudiera hablar una vez, el insecto llamaría la atención de su dueño, este inclinaría la cabeza hacia su valioso pin y el escarabajo, susurrando, le preguntaría: “¿Por qué todas tus chaquetas pican tanto?”.

 

Desesperación de escarabajo

Autor: Sergio Bogajo García

Con los ojos abiertos, pero delante de él, la nada. La diabetes le había ganado la batalla y privado de uno de sus más preciados sentidos. Como si de una película se tratase, recuerdos en forma de imágenes no cesaban de atormentarle. Entre ellas, de cuando en cuando, las siluetas de aquellos insectos que le habían acompañado a lo largo de su carrera, gracias a los que había conseguido años atrás el reconocimiento por parte de la comunidad científica. Vagamente podía distinguir su duro caparazón protector en ese escenario oscuro en el que se interpretaba ahora su vida. Sobre esa silla, y casi sin aliento por la presión de la soga sobre su nuez, esbozó una leve sonrisa cuando se dio cuenta de que compartía ahora algo más con esas odiadas criaturas. Estas aprenden a burlar esa deficiencia desde su nacimiento, sin embargo, Gerardo, en su agonía, se veía incapaz de proseguir así. De repente, una fuerte sacudida hizo deslizar su último soporte. Un fuerte alarido desesperado retumbó en la habitación, ensordeciendo el crujido estremecedor proveniente de su garganta.

 

Aquella noche las estrellas no esperaron

Autora: Maribel Fernández Zamudio

Solía imaginar que le habían colocado un corazón de metal para protegerla de la crueldad del mundo. Pero no era así, seguía siendo tan pequeña y frágil como siempre. Su válvula y su joven cuerpo se iban deteriorando día a día con cada latido. Dejaron de interesarle mis juegos, dejó de mirarme como a una niña. Dejó de mirar. En ese lento caminar hacia el vacío, para ella yo también había empezado a formar parte de sus enemigos. Dejó de sonreírme. Dejó de sonreír. Aquella noche las estrellas no esperaron, se fueron con ella. Tampoco se despidieron. El tictac de su corazón apenas se escuchaba cuando casi de madrugada se subió al tren. Esta vez no se giró ni me dijo adiós con sus manos desde la ventanilla. Era una fría mañana de diciembre y había olvidado darme un beso. Creo que no se le olvidó, no quiso dármelo. Ella sabía que no volvería.

 

Aquella noche las estrellas no esperaron

Autora: Núria Oliva Vicente

Pueblo viejo de Belchite, Zaragoza.

Esa noche, María no quería esperar más. Verse con Bernardo en el antiguo pueblo abandonado de Belchite no era precisamente lo que ella deseaba. Hacía un frío que pelaba y ni rastro del muchacho. La noche era oscura como los ojos de un ciervo y sus nervios estaban a flor de piel. «Mal, María, muy mal. Vas por el camino equivocado». De golpe, un crujido. La muchacha se sobresaltó. Estaba oscuro y no veía bien.

—¿Bernardo, eres tú? —preguntó. El tañido de las campanas por encima de su cabeza. Alivio. El cura avisaba de la media noche. Miró hacía el campanario. Inexistente. Sintió una punzada en el vientre. ¡Hacía años que las bombas lo habían destruido! Las viejas del pueblo tenían razón, ¡fantasmas! «Por Dios y la Virgen, María, ¡cálmate ahora mismo!», pensó. Murmullos a su alrededor. ¡Eran muchos! Ruido de disparos. María se echó al suelo. «¡Cazadores! Dios mío, pero ¿qué hacen aquí a estas horas?».

—¡No disparen! —gritó asustada. Silencio. De pronto, una voz le susurró al oído:

—Aquella noche las estrellas no esperaron…—Se giró a ver quién era. Un joven le sonreía de forma siniestra. Se esfumó, sin más. Sintió que se iba a desmayar. Las estrellas no esperaron, pero ella tampoco esperó a Bernardo. Simplemente, se subió a su bicicleta y pedaleó lo más rápido que pudo hasta llegar a casa.

Lluvia incontenible

Autora: Aida Soler González

Audrey Hepburn en “Breakfast at Tiffany’s”.

El collar expuesto en ese escaparate la estaba llamando. Sabía que no se lo podía permitir, pero le gustaba jugar a ser Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes de vez en cuando. Arrancó con paso firme hacia la tienda y, con sonrisita altiva y aires pretenciosos, dijo:

—Hola. He visto ese collar que tenéis en el escaparate y me he enamorado. Vamos, es que si no llego a entrar, no me lo saco de la cabeza en todo el día. ¿Puedo probármelo?

Al vendedor se le pusieron los ojos como platos. Seguro que por su precio era digno del tocador de doña Letizia, y no precisamente en su etapa como periodista. Cuando se lo entregó, no tardó en notar la adrenalina que le provocaba el lujo inasequible entre sus manos. El buen vendedor, ajeno a su propia credulidad, se lo puso con sumo cuidado. Pelo arriba, pelo abajo, media vuelta, pose sofisticada y, de repente, estalla la tormenta. Una lluvia de diamantes inundó la sala. Qué mala pasada le había jugado esa pulsera con motivos florales de plata de imitación. Sin embargo, era una dama de categoría capacitada para actuar con entereza ante cualquier infortunio. Su base de maquillaje neutralizó el rubor y su particular idea de dignidad apaciguo el nerviosismo. Finalmente, se animó a decir:

—Vaya, parece que está roto, así que… no me lo podré quedar. Es una pena porque me encantaba. Por casualidad, no tendréis otro igual para probarme, ¿no?

Uno ya puede intuir la reacción del vendedor. Desde ese día en adelante, a nuestra descuidada Holly no le quedó otra que admirar los collares de lujo a través de un cristal. 

 

Mario el fontanero

Autor: Oriol Valverde Casanova

Mario el fontanero vive solo en su apartamento desde que murió su hermano Luis. Habían estado juntos desde pequeños, separándose por tan solo algunos días en circunstancias excepcionales. Trabajaron siempre en la empresa familiar, hasta que Luis enfermó por la repetida exposición al amianto de las alcantarillas en las que a menudo operaban. El vínculo que existe entre los gemelos resulta difícil de explicar; quizá verle morir sería parecido a presenciar nuestra propia muerte. Y eso fue lo que acabó de hundir a Mario en lo más profundo de sus propias alcantarillas. Mario nunca ha superado la ruptura con Pilar, su novia desde el instituto, que le dejó por Bruno —el típico matón que al final resulta no ser tan mala persona— unos años atrás. Mario el fontanero se abandona a la droga cada noche, mientras consume setas alucinógenas y sueña con un pasado mejor —cuando cazaba tortugas con Luis en la charca del pueblo.

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